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Pegaso — el linaje del cielo

Antes de ser un mito, Pegaso fue una idea primordial: la de un caballo que no pertenece a la tierra.

En la tradición griega, Pegaso nace de un acto violento y caótico —la muerte de Medusa—, pero su destino no hereda la oscuridad de su origen. De la sangre brota un ser alado, blanco, indomable, hijo de Poseidón, dios del mar y del galope. Así, desde su nacimiento, Pegaso encarna una paradoja esencial: del caos surge la elevación.


Pegaso no fue creado para ser poseído.

Fue creado para volar.




La historia cuenta que solo Belerofonte logró montarlo, y no lo hizo mediante la imposición, sino a través del entendimiento. Pegaso aceptó el vínculo cuando fue tratado como un igual, no como un objeto. Este gesto revela una verdad profunda del mundo equino: hay caballos que no se entrenan, se reconocen.

Cuando Belerofonte olvidó esta lección y trató de ascender al Olimpo por ambición, Pegaso lo rechazó. El caballo regresó al cielo, su lugar natural, y fue convertido en constelación. No como castigo, sino como destino cumplido.





Pegaso no muere porque lo que es puro no se extingue. Trasciende.

Pegaso simboliza el linaje invisible: aquellos caballos que elevan al jinete y transforman la relación humano–animal en un pacto silencioso de respeto, presencia y conciencia.

Hablar de Pegaso es recordar que no todo caballo nace para competir. Algunos nacen para recordarnos quiénes somos cuando dejamos de intentar dominar y comenzamos a escuchar.

 
 
 

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